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Tanger

Un paseo por Tánger con la novela «La Ciudad de la mentira» de Iñaki Martínez

la ciudad de la mentira

Nos adentramos en «La Ciudad de la mentira»

Tenemos el placer de dedicar a nuestros visitantes un espacio basado en la novela ambientada en Tanger titulada La Ciudad de la mentira (editorial Destino), finalista del Premio Nadal 2015 y escrita por Iñaki Martínez, que ha tenido la deferencia de dedicarnos unas lineas de presentación de su obra:

Presentación del autor

Existen ciudades que son cómo un imán literario. Tánger es una de ellas. La visitaron Pío Baroja, Truman Capote, Jean Genet, Williams Burroghs y muchos más. Cuentan que Matisse descubrió la luz desde su habitación de hotel Ville de France.

De Paul Bowles se pueden hallar sus recuerdos en el Museo Bowles, el edificio que fuera sede de la legación estadounidense, allí se conservan sus cartas, sus primeras ediciones, su máquina de escribir; precisamente en el mismo espacio que utilizó Stanley Mortimer para dirigir con acierto la trama de la novela.

El viajero interesado en la narrativa  no puede perderse una visita a la Librairie des Colonnes, en pleno Boulevard Pasteur. Ya no lo atenderán ni Rachel Mouyal ni las hermanas Gerofi pero sigue siendo el emblema de la literatura en Tánger, el espacio que han visitado una y otra vez los artistas y escritores que se han embriagado con esta ciudad.

Son innumerables los lugares que podrían destacarse del Tánger actual que recuerda al de los años cuarenta, la época del glamour y esplendor gracias al estatuto de zona Internacional que lo gobernaba. Pero son los sentidos los que se adueñan del viaje del extranjero.

Tánger en 2016 sigue siendo por antonomasia una ciudad sensorial. Los tanjawis en las montañas cercanas continúan palmeando los tambores a todas horas y sobre todo cuando las sombras se apoderan de aquella.  En su día, antes de la independencia del reino, recordaban a los nazarenos que su tiempo habría de acabar algún día.

El extranjero aún puede darse de bruces en la Medina con un anciano de barba bíblica y chilaba que asciende por Bab El Marsa seguido por una multitud. Ya no lo hace como antaño, montado en un borrico. Los vecinos se esfuerzan por tocarlo, no en vano es un hombre piadoso que acaba de regresar de La Meca. Ha dado la vuelta a la Sagrada Kaaba, ha rezado en el monte Ararat, en Mina ha apedreado al diablo y en Medina ha estado junto a la tumba del Profeta.

El viajero advierte el desafío en Suk-Atarin, el zoco de los vendedores de especies y en Kisaria, donde deslumbran con sus trabajos los artesanos del bordado y se hallan las mejores sedas.

En la calle de los perfumistas se siguen confundiendo los olores a sándalo, almizcle, artemisa y mirra.

En ningún otro sitio se mima el pan como en Tánger. Aún es posible ver cómo los niños  van y vienen con bandejas de hogazas de pan recién cocido; las mujeres lo amasan con cuidado, lo cubren con un paño y lo mandan a cocer a su horno preferido.

Sigue siendo una ciudad de fuentes de agua, y de leyendas. Se escuchan por doquier y al poco tiempo de llegar el viajero apenas podrá distinguirlas de la realidad. Al visitar las Cuevas de Hércules el tanjawi contará cómo éste separó el continente de África de Europa con un simple movimiento de su dedo meñique.

Eso es Tánger, erguida sobre la Alcazaba, orgullosa frente a Europa, deliciosa y malvada. Inolvidable siempre.

“En esta época, ya no se confunde el repique de las iglesias católicas con las llamadas a la oración de los almuecines musulmanes, ni con el eco de los salmos que atraviesan los muros de las sinagogas hebreas. La ciudad tiene ese aire triste y romántico de un lugar que un día fue importante. Sus habitantes viven del comercio y del pequeño negocio, de los extranjeros, del trajín del puerto y del tránsito de los marroquíes que viven en Europa y viajan a su país en verano.

Los ancianos continúan sentándose en los cafés del boulevard Pasteur, consumiendo té, fumando algunos cigarrillos y dispensándose ceremoniosos  e  interminables saludos. Se lamentan del control al que son sometidos por sus mujeres, y de los jóvenes, que hacen mucho ruido.

Les agrada recordar la grandeza pasada de Tánger y no dejan de repetir a los visitantes que, en un tiempo que ellos vivieron, la ciudad parecía estar cerca del cielo.»

Iñaki Martínez


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